Cuando nos hallábamos en la parte más escarpada, donde las rocas sobresalían rotas de la pared, un nuevo ruido se sumó al del agua rugiente cuando un tren avanzó lentamente desde Galilea con estrrépito, las pestañas de sus ruedas chillando en las curvas y el vapor de su locomotora exhalando desde las profundidades ocultas del barranco en alientos blancos y fantasmales.
Los serahin se quedaron atrás. Wood los empujó hacia nosotros. Fahad y yo dimos un salto hacia la derecha y, a la luz del hogar de la caldera, vimos vagones de mercancías descubiertos en los que iban hombres de caqui, quizás prisioneros que subían hacia Asia Menor.
Un poco más lejos; y al fin, bajo nuestros pies, vimos algo más negro en la negrura precipitada del valle, y en su otro extremo una mota de luz parpadeante. Nos detuvimos a examinarlo con los gemelos. Era el puente, visto desde esta altura en planta, con una tienda de guardia instalada bajo el muro sombrío y coronado de aldeas de la orilla opuesta. Todo estaba tranquilo, salvo el río; todo estaba inmóvil, salvo la llama danzante fuera de la tienda.
Wood, que solo debía bajar si me herían, preparó a los indios para ametrallar la tienda de la guardia si la situación se generalizaba; mientras que Ali, Fahad, Mifleh y el resto de nosotros, con los Beni Sakhr y los porteadores de explosivos, nos fuimos arrastrando hasta encontrar el antiguo camino de obras que llevaba al estribo cercano.
Avanzamos furtivamente por este en fila india, con nuestros mantos marrones y ropas sucias fundiéndose a la perfección con la piedra caliza de arriba y los abismos de abajo, hasta llegar a las vías justo antes de que estas se curvaran hacia el puente. Allí se detuvo el grupo, y yo me arrastré un poco más con Fahad.
Llegamos al estribo desprovisto de protección y avanzamos arrastrándonos sobre el pecho a la sombra de los rieles hasta casi poder