El crepúsculo nos permitió acercarnos sin levantar sospechas y, para nuestra alegría, descubrimos que el terreno era transitable para los coches blindados, mientras que justo ante nosotros había dos buenos puentes.
Estos puntos me decidieron a volver por la mañana, con automóviles y más algodones-pólvora, para abolir el puente más grande, de cuatro arcos.
Su destrucción daría a los turcos unos días de duras reparaciones, y nos dejaría libres de Amán todo el tiempo de nuestra primera incursión en Deraa; así se cumpliría el propósito de la frustrada demolición de Peake.
Fue un feliz descubrimiento, y cabalgamos de regreso, rastreando el terreno mientras se juntaba la oscuridad, para elegir el mejor camino para los coches.
Al coronar la última cresta, una divisoria de aguas alta y continua que ocultaba por completo a Umtaiye del ferrocarril y de sus posibles vigilantes, el fresco viento del nordeste nos sopló en la cara el cálido olor y el polvo de diez mil pies de altura; y desde la cima las ruinas aparecieron de un modo tan sorprendentemente distinto al de tres horas antes que nos detuvimos boquiabiertos.
El terreno cóncavo estaba festivamente salpicado por una galaxia de pequeñas hogueras vespertinas, recién encendidas, que aún titilaban con los reflejos de las llamas en su humo. Alrededor de ellas los hombres hacían pan o café, mientras otros conducían a sus ruidosos camellos hacia el agua y de regreso.
Cabalgo hacia el campamento oscuro, el de los británicos, y me senté allí con Joyce, Winterton y Young, hablándoles de lo que debíamos hacer a primera hora de la mañana. A nuestro lado yacían y fumaban los soldados británicos, arriesgándose tranquilamente en esta expedición porque nosotros lo ordenábamos. Era