Me hizo mucha gracia, interiormente, y prometí portarme bien, pero le señalé que mi objetivo era conseguir las provisiones, las armas y los oficiales adicionales que los árabes necesitaban, y cómo para tal fin debía ganarme el interés y, de ser necesario (pues ante el deber no me detendría ante nada), incluso la emoción del Comandante en Jefe; a lo que el general Lynden Bell me replicó diciendo que los suministros corrían por su cuenta, y que en ese aspecto él lo resolvía todo sin necesidad de consultas, y creía que podía, de inmediato, aquí y ahora, admitir su nueva determinación de hacer todo lo posible por nosotros.
Creo que cumplió su palabra y fue justo con nosotros a partir de entonces. Yo fui muy conciliador con su jefe.