Lloyd y yo tomamos la marcación de la línea de ferrocarril por donde pretendíamos cruzar un poco más abajo de Shedia. Al salir las estrellas acordamos que debíamos marchar hacia Orión. Así que nos pusimos en marcha y caminamos hacia Orión hora tras hora, con el resultado de que Orión no parecía estar más cerca, y no había indicios de nada entre él y nosotros.
Habíamos salido de las crestas hacia la llanura, y la llanura era interminable, y estaba rayada monótonamente por lechos de uadis poco profundos, de riberas bajas, planas y rectas, que bajo la luz lechosa de las estrellas parecían siempre el terraplén del ferrocarril que esperábamos encontrar. La marcha bajo nuestros pies era firme, y el aire fresco del desierto en nuestros rostros hacía que los camellos avanzaran a buen paso.
Lloyd y yo fuimos delante para reconocer la línea, de modo que el grueso principal no se viera envuelto si el azar nos ponía frente a un blocao o una patrulla nocturna turcos.
Nuestros buenos camellos, montados a la ligera con poca carga, llevaban una zancada demasiado larga; de modo que, sin darnos cuenta, nos fuimos adelantando cada vez más a los indios cargados.
Hassan Shah, el yemadar, desplegó a un hombre para no perdernos de vista, y luego a otro, y después a un tercero, hasta que su grupo se convirtió en una fila apresurada de enlaces de conexión.
Entonces mandó un susurro urgente para que fuéramos despacio, pero el mensaje que nos llegó tras pasar por tres idiomas era ininteligible.
Nos detuvimos y supimos así que la noche silenciosa estaba llena de sonidos, mientras los aromas de la hierba marchita refluían y fluían a nuestro alrededor con el viento moribundo.