una bruma que nos crujía en los dientes como el aliento rancio de una erupción; y estábamos agradecidos al agua. Estaba en la superficie, como gran parte de Sirhan, pero la mayoría de los pozos eran demasiado amargos para beber. Uno notable, sin embargo, llamado Bir el Emir, era considerado muy bueno por contraste. Yacía en un pequeño piso de piedra caliza desnuda entre montículos de arena.
El agua (opaca y con un sabor a salmuera mezclada con amoniaco) estaba justo por debajo del nivel de la losa de roca, en una tina de piedra de bordes irregulares y socavados. Su profundidad la demostró Daud, arrojando a Farraj dentro de ella completamente vestido. Se hundió fuera de la vista en su amarillez y después emergió silenciosamente a la superficie bajo el borde de la roca, donde no podía ser visto en la penumbra. Daud esperó un minuto tenso; pero al ver que su víctima no aparecía, se arranca la capa y se zambulló detrás, para encontrarlo sonriendo bajo la repisa saliente. Las inmersiones en busca de perlas en el golfo los habían hecho como peces en el agua.
Los sacaron a rastras, y luego tuvieron una lucha feroz en la arena junto al cenagal. Ambos salieron lastimados y regresaron a mi fogata empapados, en girones, sangrando, con el pelo y la cara, las piernas, los brazos y el cuerpo cubiertos de barro y espinas, más parecidos a los demonios de un torbellino que a sus habituales presencias suaves y delicadas.
Dijeron que habían estado bailando y que se habían tropezado con un arbusto; sería propio de mi generosidad hacerles el regalo de ropa nueva. Destruí sus esperanzas y los mandé a reparar los daños.
Mi guardia personal, y más en particular los Ageyl que la formaban, eran por naturaleza presumidos, gastaban su soldada en ropa o adornos, y dedicaban mucho tiempo a trenzar sus mechones de cabellos brillantes. La mantequilla les daba brillo; y para ahuyentar a los parásitos, se pasaban a menudo un peine de púas finas por el cuero cabelludo y se lo rociaban