Raras veces el Zaagi había reunido a tantos de su tropa, y mientras cabalgábamos hacia las colinas pardas de Guweira, se ocupaba de organizarlos al estilo ageyl, centro y alas, con poetas y cantantes a la derecha y a la izquierda. De modo que nuestro trayecto fue musical. Le dolía que yo no quisiera llevar un estandarte, como un príncipe.
Iba yo sobre mi Ghazala, la vieja camella abuela, que ahora volvía a estar magníficamente en forma. Su cría había muerto hacía poco, y Abdulla, que cabalgaba a mi lado, había desollado el pequeño cadáver y llevaba la piel seca a la grupa de su silla, como una pieza de barda. Partimos con buen pie, gracias a los cánticos del Zaagi, pero al cabo de una hora Ghazala levantó la altiva cabeza y comenzó a marchar con inquietud, levantando las patas como una bailarina de danza oriental.
Intenté apremiarla: mas Abdulla se precipitó a mi lado, se envolvió en su capa y saltó de la silla con la piel de becerro en la mano.
Aterrizó con un salpicón de grava frente a Ghazala, que se había detenido, gimiendo suavemente. En el suelo, ante ella, extendió el pequeño pellejo y le inclinó la cabeza hacia él.
Ella dejó de llorar, frotó su sequedad tres veces con los labios; luego volvió a levantar la cabeza y, con un gemido, dio un paso al frente. Varias veces durante el día ocurrió esto; pero después pareció olvidarlo.
En Guweira, Siddons tenía preparado un aeroplano. Nuri Shaalan y Faisal me querían enseguida en Jefer. El aire era tenue y turbulento, de modo que apenas rebasamos rascando la cresta de Shtar. Me senté preguntándome si nos estrellaríamos, casi deseándolo. Estaba seguro de que Nuri iba a reclamar el cumplimiento de nuestro deshonroso medio pacto, cuya ejecución parecía más impura que su pensamiento.