Primero la policía. Se eligió a un comandante y a sus ayudantes; se asignaron distritos: salarios provisionales, vales, uniformes, responsabilidades. La maquinaria comenzó a funcionar. Luego llegó una queja sobre el suministro de agua. El conducto estaba plagado de hombres y animales muertos. Una inspección, con su cuerpo de obreros, resolvió esto. Se redactaron normativas de emergencia.
El día iba llegando a su fin, el mundo estaba en las calles: turbulento.
Elegimos a un ingeniero para que superintendiera la central eléctrica, encargándole con todo esmero que iluminara la ciudad esa noche. El restablecimiento del alumbrado público sería nuestra prueba más evidente de paz.
Se hizo, y a su brillante sosiego pertenecía gran parte del orden de la primera tarde de victoria; aunque nuestra nueva policía era entusiasta y los graves jeques de los muchos barrios ayudaban en sus patrullas.
Luego el saneamiento. Las calles estaban llenas de los restos del ejército derrotado, carros y automóviles abandonados, equipaje, material, cadáveres. El tifus, la disentería y la pelagra hacían estragos entre los turcos, y los enfermos habían muerto en cada sombra a lo largo de la ruta de marcha.
Nuri organizó cuadrillas de limpieza para realizar un primer despeje de las pestilentes carreteras y plazas, y distribuyó a sus médicos por los hospitales, con la promesa de medicinas y comida al día siguiente, si es que se lograba encontrar alguna.
Luego, un cuerpo de bomberos. Las bombas locales habían sido destruidas por los alemanes, y los almacenes del ejército aún ardían, poniendo en peligro la ciudad. Se reclamaban mecánicos a gritos; y hombres capacitados, reclutados a la fuerza, fueron enviados a cercar las