condujo a otros al ascetismo más riguroso lo abocaba a él a la desesperación. Se derrochó imprudentemente, como un pródigo: dilapidó su herencia de carne en un apresurado anhelo por el final. El judío del Metropole en Brighton, el avaro, el adorador de Adonis, el libertino en los burdeles de Damasco eran igualmente signos de la capacidad semita para el disfrute, y expresiones de ese mismo nervio que nos dio en el otro extremo la abnegación de los esenios, o de los primeros cristianos, o de los primeros califas, al hallar que el camino al cielo es más propicio para los pobres de espíritu. El semita oscilaba entre la lujuria y la abnegación.
Los árabes podían ser arrastrados por una idea como por una cuerda; pues la lealtad sin compromisos de sus mentes los convertía en sirvientes obedientes. Ninguno de ellos escaparía a ese vínculo hasta que llegara el éxito, y con él la responsabilidad, el deber y los compromisos. Entonces la idea se había ido y la obra concluía —en ruinas.