El cuerpo era demasiado basto para sentir lo sumo de nuestras penas y de nuestras alegrías. Por lo tanto, lo abandonamos como a un trasto viejo: lo dejamos atrás para marchar hacia adelante, un simulacro respiratorio, en su propio nivel desprovisto de ayuda, sujeto a influencias de las cuales en tiempos normales nuestros instintos se habrían encogido. Los hombres eran jóvenes y robustos; y la carne y la sangre calientes reclamaban inconscientemente un derecho en ellos y atormentaban sus entrañas con extraños anhelos. Nuestras privaciones y peligros avivaron este ardor viril, en un clima tan torturante como pueda concebirse. No teníamos recintos cerrados para estar a solas, ni ropas gruesas para ocultar nuestra naturaleza. El hombre, en todas las cosas, convivía francamente con el hombre.
El árabe era por naturaleza continente; y la práctica del matrimonio universal casi había abolido las costumbres irregulares en sus tribus. Las mujeres públicas de los escasos asentamientos que encontramos en nuestros meses de peregrinaje no habrían significado nada para nuestro número, aun cuando su carne ajada hubiera sido apetecible para un hombre de partes sanas. Con horror ante tal comercio sórdido, nuestros jóvenes comenzaron con indiferencia a calmar las escasas necesidades de los unos en los cuerpos limpios de los otros: una conveniencia fría que, en comparación, parecía asexual e incluso pura. Más tarde, algunos comenzaron a justificar este proceso estéril, y juraban que los amigos que temblaban juntos en la arena flexible con ardientes extremidades íntimas en supremo abrazo, hallaban allí, oculto en la oscuridad, un coeficiente sensual de la pasión mental que estaba fundiendo nuestras almas y espíritus en un esfuerzo llameante. Varios, sedientos de castigar apetitos que no podían evitar por completo, tomaron un orgullo salvaje en degradar el cuerpo, y se ofrecieron con