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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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LXXXII

Avergonzados con un triunfo —que no era tanto un triunfo como un homenaje de Allenby al espíritu dominante del lugar—, regresamos al cuartel general de Shea.

Los ayudantes se apresuraron y, de grandes cestas, sacaron un almuerzo variado, elaborado y suculento. Sobre nosotros cayó un breve momento de tranquilidad, que pronto rompería el señor Picot, el representante político francés a quien Allenby había permitido marchar junto a Clayton en la entrada, quien dijo con su voz aflautada: «Y mañana, mi querido general, tomaré las medidas necesarias para establecer el gobierno civil en esta ciudad».

Era la palabra más valiente de cuantas se recuerdan; siguió un silencio, como el que se produjo al abrir el séptimo sello en el cielo. La ensalada, los sándwiches de pollo con mayonesa y foie gras pendían sin masticar en nuestras bocas húmedas, mientras nos volvíamos hacia Allenby y nos quedábamos boquiabiertos. Hasta a él pareció faltarle la palabra por un momento. Empezamos a temer que el ídolo mostrara alguna debilidad. Pero su rostro se puso rojo: tragó saliva, adelantando la barbilla (del modo que tanto nos gustaba), mientras decía, sombrío: «En la zona militar la única autoridad es la del Comandante en Jefe: yo mismo». —Pero Sir Grey, Sir Edward Grey… —balbuceó M. Picot. Lo interrumpieron de golpe. —Sir Edward Grey se refería al gobierno civil que se establecerá cuando yo juzgue que la situación militar lo permite. Y de nuevo en coche, bajo la luz radiante de un gran alivio, bajamos a toda velocidad por la ladera montañosa, llena de saludos, de regreso a

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