Luego, apresurando el paso, seguimos a nuestro grupo valle abajo, por aquel gigantesco valle cuyas colinas solo fallaban en el diseño para alcanzar la arquitectura.
Abajo cruzamos el llano de Gaa, igualando a nuestros camellos en una estampida sobre su superficie aterciopelada, hasta que alcanzamos al grupo principal y los dispersamos con la emoción de nuestro galope. Los camellos de carga, sobrios, de los indios tintineaban como ferretería hasta que se deshicieron de sus cargas.
Luego nos calmamos y avanzamos juntos con paso lento por el uadi Hafira, una brecha como un tajo de espada en la meseta. En su cabecera se encontraba un empinado desfiladero hacia la altura de Batra; pero hoy nos quedamos cortos y, por pereza y ansias de comodidad, nos detuvimos en el fondo resguardado del valle.
Encendimos grandes hogueras, que resultaban alegres en la fresca tarde. Farraj me preparó arroz a su manera como de costumbre. Lloyd, Wood y Thorne habían traído carne en conserva enlatada y galletas del ejército británico. Así que unimos fuerzas y festejamos.
Al día siguiente escalamos el paso zigzagueante y roto; abajo, la calle herbosa de Hafira enmarcaba un cerro cónico en su centro, con, como fondo, las fantásticas cúpulas grises y las pirámides incandescentes de las montañas de Rumm, prolongadas hoy en más amplias fantasías por las masas de nubes que se cernían sobre ellas.
Vimos nuestra larga caravana serpentear hacia arriba, hasta que antes del mediodía los camellos, árabes, indios y equipajes hubieron alcanzado la cima sin ningún accidente.
Satisfechos, nos dejamos caer de golpe en el primer valle verde al otro lado de la cresta, resguardados del viento y calentados por el débil sol que templaba el frío otoñal de esta alta meseta. Alguien empezó a hablar de nuevo sobre comida.