tensada por seguir adelante—una oportunidad de añadir paciencia a una reserva escasa. Así que me quedé quieto y acogí en mi mente la sensación de paz, la frondosidad y la presencia de agua que hacían de este jardín en el desierto algo hermoso y evocador, como si ya hubiera sido visitado antes. ¿O era simplemente que hacía mucho tiempo que no veíamos hierba fresca creciendo en primavera?
El habitante de Kurr, el único belluwí sedentario, el canoso Dhaif-Allah, laboraba día y noche con sus hijas en la pequeña parcela escalonada que había recibido de sus antepasados. Estaba construida en el extremo sur del valle, en una bahía defendida de las crecidas por un macizo muro de piedra sin desbastar. En su centro se habría el pozo de agua clara y fría, sobre el cual se alzaba una palanca de contrapeso hecha de barro y rústicos maderos. De este, Dhaif-Allah, por la mañana y al Atardecer, cuando el