y expuesta con franqueza para que los hombres la contemplen.
Pronto se me quedaron pequeñas las ideas. Así que desconfiaba de los expertos, que solían ser inteligencias confinadas entre altos muros, conocedoras sin duda de cada adoquín de los patios de su prisión: mientras que yo bien podía saber de qué cantera se habían extraído las piedras y qué jornal ganaba el cantero.
Los contradecía por descuido, pues había hallado materiales siempre dispuestos a servir a un propósito, y la Voluntad como guía segura hacia uno de los muchos caminos que conducían del propósito a la realización.
No había carne.
Muchas cosas había recogido, manoseado, contemplado y dejado; pues la convicción de la acción no habitaba en mí.
La ficción parecía más sólida que la actividad. Ambiciones egoístas me visitaban, pero no para quedarse, ya que mi yo crítico me hacía rechazar con fastidio sus frutos.
Siempre llegué a dominar aquellas cosas en las que me había dejado llevar, pero en ninguna de ellas me comprometí voluntariamente. De hecho, me veía a mí mismo como un peligro para los hombres comunes, con semejante capacidad a la deriva a su disposición.
Seguí y no instituí; es más, ni siquiera tenía el deseo de seguir. Fue tan solo la debilidad lo que me retrasó del suicidio mental, alguna tarea lenta para ahogar por fin este horno en mi cerebro.
Había desarrollado ideas de otros hombres, y los había ayudado, pero jamás había creado algo propio, ya que no podía aprobar la creación. Cuando otros hombres creaban, yo servía y remendaba para que aquello fuera tan bueno como fuera posible; pues, si era pecaminoso crear, debía ser pecado y vergüenza añadidos haber creado algo tuerto o cojo.