tocar el gris esqueleto de las vigas inferiores, y ver al único centinela recostado contra el otro estribo, a sesenta yardas de distancia al otro lado del abismo. Mientras observábamos, comenzó a moverse lentamente de arriba abajo, de arriba abajo, ante su fuego, sin poner jamás un pie en el vertiginoso puente. Me quedé mirándolo fascinado, como si estuviera falto de planes e indefenso, mientras Fahad retrocedía arrastrándose junto al muro del estribo, allí donde este emergía despejado de la ladera.
Esto no servía, pues yo quería atacar las vigas mismas; así que me alejé sigilosamente en busca de los portadores de gelatina.
Antes de llegar a ellos se oyó el fuerte estrépito de un fusil caído y una caída tambaleante desde lo alto del talud. El centinela se sobresaltó y miró hacia arriba ante el ruido. Vio, muy arriba, en la zona de luz con la que la luna creciente embellecía lentamente el desfiladero, a los ametralladores bajando hacia una nueva posición en la sombra que retrocedía. Dio el alto a voces, luego levantó el fusil y disparó, mientras llamaba a gritos a la guardia.
Al instante todo fue confusión absoluta. Los invisibles beni sakhr, agazapados a lo largo del estrecho sendero sobre nuestras cabezas, respondieron al fuego al azar. La guardia se precipitó a las trincheras y abrió fuego rápido contra nuestros fogonazos. Los indios, sorprendidos en pleno movimiento, no pudieron poner en acción su Vickers para acribillar la tienda antes de que quedara vacía. El tiroteo se generalizó. Las descargas de los fusiles turcos, resonando en aquel lugar estrecho, se veían duplicadas por el impacto de sus balas contra las rocas situadas a espaldas de nuestro grupo. Los porteadores serahin habían aprendido de mi guardia personal que la nitrogelatina estallaba si recibía un impacto. Así que, cuando los disparos