Zeid dio las gracias a Auda y le pagó, y lo envió de regreso a su desierto. Las cabezas ilustradas de los Muhaisin tuvieron que ir como invitados forosos a la tienda de Feisal. Dhiab, su enemigo, era nuestro amigo: recordábamos con pesar el adagio de que los mejores aliados de un nuevo régimen de éxito violento no eran sus partidarios, sino sus oponentes.
Gracias a la abundancia de oro de Zeid, la situación económica mejoró. Nombramos a un oficial gobernador y organizamos nuestras cinco aldeas para un nuevo ataque.