podría resultar costosa. Le asignamos el honor, con ironía, a Ibn Yad y a sus hombres incansables, aconsejándole que lo intentara después de anochecer. Él se acobardó, puso dificultades, alegó la luna llena; pero destruimos fácilmente esta excusa, prometiendo que esta noche durante un tiempo no habría luna. Según mi diario, había un eclipse. Llegó puntualmente, y los árabes tomaron el puesto sin pérdidas, mientras los supersticiosos soldados disparaban fusiles y hacían resonar peroles de cobre para rescatar al satélite amenazado.
Tranquilizados, emprendimos la marcha a través de la llanura semejante a una playa.
Niazi Bey, el comandante del batallón turco, era huésped de Nasir, para ahorrarle la humillación del desprecio beduino. Ahora se me acercó con disimulo y, al delatar sus párpados hinchados y su larga nariz el mal humor del hombre, comenzó a quejarse de que un árabe lo había insultado con una grosera palabra turca.
Me disculpé, señalando que debió de haberla aprendido de boca de alguno de sus colegas gobernadores turcos. El árabe le estaba pagando a César con la misma moneda.
Cesar, no satisfecho, sacó del bolsillo un mendrugo de pan reseco para preguntar si era un desayuno adecuado para un oficial turco.
Mis divinos gemelos, rebuscando en Gweira, habían comprado, hallado o robado un pan de munición de soldado turco, y lo habíamos partido. Dije que no era desayuno, sino almuerzo y cena, y tal vez las comidas del día siguiente también.
Yo, un oficial de Estado Mayor del Ejército británico (no menos bien alimentado que el turco), me había comido el mío con el gusto de la victoria. Era la derrota, y no el pan, lo que se le atragantaba en la garganta, y le rogué que no me culpase por el resultado de una batalla impuesta a nuestro mutuo honor.