hasta la boca del valle. Desde allí dispararían directamente contra los vagones descarrilados a menos de ciento cincuenta yardas, mientras que los alcances de los cañones Stokes y Lewis eran de unas trescientas yardas. Un árabe se puso en pie en lo alto, detrás de los cañones, y nos gritó lo que estaba haciendo el tren; una precaución necesaria, pues si llevaba tropas y estas descendían tras nuestra cresta, tendríamos que dar media vuelta en un abrir y cerrar de ojos y retirarnos luchando valle arriba para salvar la vida. Afortunadamente, continuó a toda la velocidad que las dos locomotoras podían alcanzar con combustible de leña.
Se acercó a donde nos habían delatado y abrió fuego a discreción contra el desierto. Pude oír el estruendo que se acercaba, mientras estaba sentado en mi montículo junto al puente para dar la señal a Salem, quien bailaba alrededor del detonador de rodillas, llorando de emoción y pidiendo con urgencia a Dios que lo hiciera fecundo.
El fuego turco sonaba pesado, y me pregunté con cuántos hombres íbamos a habérnoslas, y si la mina sería ventaja suficiente para que nuestros ochenta muchachos los igualaran. Habría sido mejor que el primer experimento eléctrico hubiera sido más sencillo.
Sin embargo, en ese momento las locomotoras, que parecían muy grandes, aparecieron a la vista entre chillidos ensordecedores al doblar la curva. Detrás de ellas venían diez vagones de mercancías, con los cañones de los rifles apiñados en las ventanas y las puertas; y en pequeños nidos de sacos terreros sobre los techos, los turcos se agarraban precariamente para dispararnos.
No había pensado en dos locomotoras, y en el acto decidí detonar la carga bajo la segunda, para que, por pequeño que fuera el efecto de la mina, la locomotora intacta no pudiera desengancharse y arrastrar los vagones.