escala de los oasis occidentales —Henakiya, Kheibar, Teima, Jauf y el Sirhan— hasta que el destino los viera acercarse al Jebel Druse, en Siria, o abrevar sus rebaños en torno a Tadmor, en el desierto septentrional, de camino a Alepo o Asiria.
Ni cesó entonces la presión: la inexorable tendencia hacia el norte continuó. Las tribus se vieron empujadas hasta el límite mismo de las tierras cultivadas en Siria o Mesopotamia.
La oportunidad y el hambre les convencieron de las ventajas de poseer cabras, y luego de poseer ovejas; y por último comenzaron a sembrar, aunque fuera un poco de cebada para sus animales. Ya no eran beduinos, y empezaron a sufrir, al igual que los aldeanos, los estragos de los nómadas que venían detrás.
Imperceptiblemente, unieron su causa a la de los campesinos que ya estaban en esas tierras, y descubrieron que ellos también eran campesinos.
Así vemos clanes, nacidos en las tierras altas del Yemen, empujados por clanes más fuertes hacia el desierto, donde, de mala gana, se hacían nómadas para mantenerse con vida. Los vemos deambular, avanzando cada año un poco más al norte o un poco más al este según el azar los empujaba por uno u otro de los caminos de pozos del yermo, hasta que finalmente esta presión los expulsaba de nuevo del desierto hacia las tierras cultivadas, con la misma repugnancia de su primer y vacilante experimento en la vida nómada.
Este era el ciclo que mantenía el vigor en el cuerpo semítico. Eran pocos, si es que había alguno, los semíticos del norte cuyos antepasados no hubieran pasado por el desierto en alguna época oscura. La marca del nomadismo, esa disciplina social profundísima y mordiente, estaba en cada uno de ellos en su medida.