Al salir de Hamra al caer la tarde, marchamos de regreso por el Wadi Safra hasta quedar enfrente de Kharma, donde doblamos a la derecha remontando el valle lateral.
Estaba poblado de denso matorral rígido, a través del cual abrimos paso a nuestros camellos con esfuerzo, habiendo recogido los flecos de nuestras alforjas para evitar que las espinas los destrozaran.
Dos millas más adelante comenzamos a ascender el estrecho desfiladero de Dhifran, que evidenciaba aun de noche el trabajo invertido en el camino. Había sido nivelado artificialmente, y las piedras amontonadas a cada lado formaban un pesado muro de protección contra la crecida del agua en las lluvias. Algunos tramos habían sido desbastados y, a veces, se sostenían sobre una calzada construida aparentemente a seis u ocho pies de altura, con grandes bloques de piedra sin tallar; pero había sido abierta en cada recodo por los torrentes y se encontraba en ruinas terribles.
El ascenso duró tal vez una milla; y el empinado descenso al otro lado fue de aproximadamente lo mismo. Luego llegamos a la planicie y nos encontramos en un terreno muy accidentado de crestas, con una intrincada red de uadis cuyo curso principal era aparentemente hacia el suroeste. El avance era bueno para nuestros camellos. Cabalgamos durante unas siete millas en la oscuridad y llegamos a un pozo, Bir el Murra, en el lecho de un valle bajo un risco muy bajo, sobre cuya cima las hiladas cuadradas de un pequeño fuerte de sillería destacaban contra el cielo estrellado. Es concebible que tanto el fuerte como la calzada hubieran sido construidos por algún mameluco egipcio para el paso de su caravana de