supremo. Su hospitalidad era desmedida; salvo para almas muy hambrientas, inoportuna. Su generosidad lo mantenía siempre pobre, a pesar de los beneficios de un centenar de algaras. Se había casado veintiocho veces, había sido herido trece y las batallas que provocaba habían dejado a todos sus tribus heridos y a la mayoría de sus parientes muertos. Él mismo había matado a setenta y cinco hombres, árabes, con sus propias manos en combate; y jamás a ninguno que no fuera en batalla. Del número de turcos muertos no sabía dar cuenta: no entraban en el registro. Los toweiha bajo su mando se habían convertido en los mejores combatientes del desierto, con una tradición de valor temerario, un sentido de superioridad que nunca los abandonaba mientras hubiera vida y tarea que cumplir; pero que los había reducido de mil doscientos hombres a menos de quinientos, en treinta años, a medida que el nivel del combate nómada se elevaba.
Auda hacía incursiones tan a menudo como tenía oportunidad, y tan lejos como le era posible. En sus expediciones había visto Alepo, Basora, Wejh y Wadi Dawasir; y procuraba estar enemistado con casi todas las tribus del desierto para disponer de un campo de acción adecuado a sus correrías. A su manera de bandido, era tan sensato como impetuoso, y en sus empresas más alocadas intervenía siempre un frío cálculo de posibilidad que lo guiaba hasta el final. Su paciencia en la acción era extrema, y recibía y desdeñaba los consejos, las críticas o los insultos con una sonrisa tan constante como encantadora. Si se enojaba, su rostro gesticulaba sin control y prorrumpía en un arrebato de furia temblorosa, que solo se calmaba después de haber matado: en esos momentos era una fiera y la gente huía de su presencia.