Codal
nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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LXVI

hice retroceder a los saqueadores un poco, con dificultad. Luego la carga estalló, haciendo añicos el cilindro y también el eje. En el momento me afligía la incertidumbre de si los daños serían suficientes; pero los turcos, más tarde, encontraron la máquina inservible y la destrozaron.

El valle presentaba un aspecto extraño. Los árabes, vueltos locos de remate, corrían a toda velocidad con la cabeza descubierta y medio desnudos, gritando, disparando al aire, arañándose con uñas y puños, mientras abrían camiones de un golpe y se tambaleaban de aquí para allá con inmensos fardos que desgarraban junto a las vías, para luego arrojar su contenido y destrozar lo que no querían.

El tren iba abarrotado de refugiados y enfermos, voluntarios para el servicio de barcos en el Éufrates y familias de oficiales turcos que regresaban a Damasco.

Había decenas de alfombras tendidas por todas partes; docenas de colchones y edredones floreados; montones de frazadas; ropa para hombres y mujeres de toda clase; relojes, ollas, comida, adornos y armas.

A un lado se encontraban treinta o cuarenta mujeres histéricas, con el rostro descubierto, que se desgarraban la ropa y los cabellos; gritando hasta enloquecer.

Los árabes, sin prestarles atención, seguían destrozando los enseres domésticos; saqueando hasta hartarse por completo.

Los camellos se habían vuelto de propiedad común. Cada hombre cargaba frenéticamente al animal más cercano con todo lo que podía llevar y lo espantaba hacia el oeste, hacia la nada, mientras corría tras su siguiente capricho.

Al verme razonablemente desocupado, las mujeres se abalanzaron sobre mí y me agarraron entre alaridos pidiendo clemencia. Les aseguré que

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