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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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CV

Al principio temí que topáramos con saqueadores árabes, que por ignorancia habrían podido atacar al Cuerpo de Camellos; así que me adelanté con mis hombres una media milla respecto a la columna.

A medida que avanzábamos sigilosos, poco a poco fuimos advirtiendo la presencia de aves nocturnas que se alzaban en gran número desde el suelo, negras y grandes. Aumentaron hasta parecer que la tierra estaba alfombrada de pájaros, con tanta densidad levantaban el vuelo, mas en un silencio sepulcral y mareante, girando en círculos a nuestro alrededor, como plumas en un torbellino silencioso de viento.

Las curvas entrelazadas de su vuelo loco se me metieron en el cerebro. Su número y mutismo aterrorizaron a mis hombres, que descolgaron los rifles y descargaron bala tras bala contra el aleteo.

Tras dos millas, la noche volvió a quedar vacía; y al fin nos tendimos a dormir en el abrótano fragante, hasta que el sol nos despertó.

Por la tarde, cansados, llegamos a Kusair el Amra, el pequeño pabellón de caza de Harith, el Rey Pastor, mecenas de los poetas; se alzaba hermosamente sobre su telón de fondo de árboles frondosos y rumorosos. Buxton instaló el cuartel general en la frescura penumbrosa de su sala, y nos tendimos allí a descifrar los desgastados frescos de la pared, entre risas más abundantes que provecho moral. De los hombres, algunos se guarecieron en otras habitaciones; la mayoría, junto con los camellos, se estiraron bajo los árboles para pasar una tarde y una noche soporíferas. Los aeroplanos no nos habían encontrado —no podían encontrarnos aquí—. Mañana nos esperaba Azrak y agua fresca para reemplazar este brebaje de Bair que, con el paso de los días, se estaba volviendo demasiado sabroso para nuestro gusto.

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