Damasco no me había parecido una vaina para mi espada cuando desembarqué en Arabia: pero su toma reveló el agotamiento de mis principales resortes de acción.
El motivo más fuerte a lo largo de todo el proceso había sido de índole personal, no mencionado aquí, pero presente para mí, creo, en cada hora de estos dos años.
Los dolores y alegrías activos podían alzarse, como torres, entre mis días: pero, fluyente de nuevo como el aire, este impulso oculto se reformaba para ser el elemento persistente de la vida, hasta casi el final. Estaba muerto antes de que llegáramos a Damasco.
Enseguida había cobrado fuerza un deseo pugnacesco de ganar la guerra, unido a la convicción de que, sin la ayuda árabe, Inglaterra no podría pagar el precio de ganar su sector turco. Cuando Damasco cayó, la guerra oriental —probablemente toda la guerra— tocó a su fin.
Entonces me movió la curiosidad.
«Super flumina Babylonis», leído de muchacho, me había dejado con el anhelo de sentirme el nexo de un movimiento nacional.
Tomamos Damasco, y sentí miedo. Más de tres días arbitrarios habrían avivado en mí una raíz de autoridad.
Quedaba la ambición histórica, insustancial como motivo por sí sola. Había soñado, en la Escuela de la Ciudad en Oxford, con apresurar para darle forma, mientras vivía, a la nueva Asia que el tiempo traía inexorablemente sobre nosotros.
La Meca había de llevar a Damasco; Damasco a Anatolia, y después a Bagdad; y luego estaba Yemen.
Fantasías parecerán estas a quienes puedan calificar mis comienzos de esfuerzo ordinario.