que aún podía conservar. En su vida tenía aire y vientos, sol y luz, espacios abiertos y una gran vacuidad. No había esfuerzo humano, ni fecundidad en la Naturaleza: tan solo el cielo arriba y la tierra inmaculada abajo. Allí, inconscientemente, se acercaba a Dios. Dios para él no era antropomórfico, ni tangible, ni moral ni ético, ni concerniente al mundo o a él, ni natural: sino el ser αχρωματος, ασχηματιστος, αναφης, cualificado así no por despojo sino por investidura, un Ser comprensivo, el huevo de toda actividad, con la naturaleza y la materia convertidas en un simple vidrio que lo reflejaba.
El beduino no podía buscar a Dios dentro de sí: estaba demasiado seguro de que él mismo estaba dentro de Dios. No alcanzaba a concebir nada que fuera o no fuera Dios, Quien solo era grande; sin embargo, había una cercanía, una cotidianeidad en este Dios climático árabe, que era su comer, su luchar y su desear, el más común de sus pensamientos, su recurso familiar y su compañero, de un modo imposible para aquellos cuyo Dios se halla velado con tanta nostalgia por la desesperación de su indignidad carnal ante Él y por el decoro del culto formal.
Los árabes no sentían incongruencia alguna al introducir a Dios en las debilidades y los apetitos de sus causas menos honorables. Era su palabra más familiar; y, en verdad, perdimos mucha elocuencia al convertirlo en el más corto y feo de nuestros monosílabos.
Este credo del desierto parecía inexpresable en palabras, y de hecho en el pensamiento. Se sentía fácilmente como una influencia, y aquellos que se adentraban en el desierto lo suficiente como para olvidar sus espacios abiertos y su vacío, se veían inevitablemente arrojados hacia Dios como el único refugio y ritmo del ser. El beduino podía ser un suní nominal, o un wahabí nominal, o cualquier otra cosa dentro del abanico semita, y se lo tomaba muy a la ligera, un poco al modo de los guardias en la puerta de Sión que bebían cerveza y se reían en Sión porque eran sionistas.