población no volviera a cambiar; y tener semejante laberinto de desfiladeros a la espalda, cortando las líneas de comunicación, sería peor que tenerlo al frente. Sin la amistad de las tribus, los turcos solo poseerían el terreno sobre el que sus soldados estuvieran parados; y unas líneas tan largas y complejas consumirían a millares de hombres en quince días, sin dejar ninguno en el frente de batalla.
El único rasgo inquietante era el éxito muy real de los turcos al atemorizar a los árabes con la artillería. Aziz el Masri, en la guerra turco-italiana en Trípoli, había observado el mismo terror, pero también había comprobado que se pasaba.
Podíamos esperar que sucediera lo mismo aquí; pero, por el momento, el sonido de un cañón disparado enviaba a cualquier hombre a distancia de oído a buscar cobertura. Creían que las armas eran destructivas en proporción a su ruido. No temían a las balas, ni en verdad demasiado a la muerte: solo la manera de morir por el fuego de los obuses les resultaba insoportable.
Me pareció que su confianza moral solo se restauraría teniendo cañones —útiles o inútiles, pero ruidosos— de su parte. Desde el magnífico Feisal hasta el más desprovisto de los jóvenes en el ejército, el tema era artillería, artillería, artillería.
Cuando les hablé del desembarco de los obuses de cinco pulgadas en Rabegh, se regocijaron. Tales noticias casi equilibraban en sus mentes el revés de su última retirada por el uadi Safra.
Los cañones no les serian de utilidad real; de hecho, me parecía que perjudicarían positivamente a los árabes, pues sus virtudes residían en la movilidad y la inteligencia, y al darles cañones obstaculizábamos sus movimientos y su eficacia. Solo que, si no les dábamos cañones, se marcharían.