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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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LXXXV

No obstante, estos planes no tardaron en venirse abajo.

Antes de que hubieran sido acordados, nos sorprendió un repentino intento de los turcos por desalojarnos.

Jamás habíamos soñado con algo así, pues parecía fuera de toda lógica que esperasen conservar Tafileh, o que quisieran conservarlo. Allenby estaba justo en Jerusalén, y para los turcos el desenlace de la guerra podía depender de su defensa exitosa del Jordán frente a él.

A menos que Jericó cayera, o hasta que cayera, Tafileh era una aldea oscura y sin interés. Tampoco lo valorábamos como una posesión; nuestro deseo era repasarlo en dirección al enemigo.

Para unos hombres en una situación tan crítica como los turcos, malgastar una sola baja en su reconquista parecía la mayor de las locuras.

Hamid Fakhri Pasha, al mando de la 48.ª División y del sector de Amán, pensaba de otro modo, o tenía sus propias órdenes. Reunió a unos novecientos infantes, formados por tres batallones (en enero de 1918 un batallón turco era poca cosa) con un centenar de jinetes, dos obuses de montaña y veintisiete ametralladoras, y los envió por tren y carretera a Kerak.

Allí requisó todo el transporte local, reclutó a un equipo completo de funcionarios civiles para dotar de personal a su nueva administración en Tafileh, y marchó hacia el sur para sorprendernos.

Sorprendernos, nos sorprendió. Tuvimos noticias de él por primera vez cuando sus exploradores de caballería cayeron sobre nuestros puestos avanzados en Wadi Hesa, el desfiladero de gran anchura, profundidad y dificultad que separaba Kerak de Tafila, Moab de Edom. Al anochecer los había hecho retroceder y estaba sobre nosotros.

Jaafar Pachá había esbozado una posición defensiva en la orilla sur del gran barranco de Tafila; proponiendo, si los turcos atacaban, entregarles el pueblo y defender las alturas que lo dominaban por detrás. Esto me pareció doblemente desacertado. Las laderas eran inaccesibles para la visión y su defensa tan difícil como su ataque. Podían ser flanqueadas desde el este; y al abandonar el pueblo desperdiciábamos a la población local, cuyos votos y manos estarían con quienes ocuparan sus casas.

Sin embargo, era la idea dominante —todo lo que Zeid tenía—, así que hacia la medianoche dio la orden, y los sirvientes y vasallos cargaron con sus bártulos. Los hombres de armas se dirigieron a la cresta meridional, mientras que el convoy de equipaje fue enviado por el camino más bajo hacia un lugar seguro. Este movimiento creó el pánico en el pueblo. Los campesinos pensaron que estábamos huyendo (creo que así era) y se apresuraron a salvar sus bienes y sus vidas. Helaba de verdad, y el suelo estaba crujido de ruidoso hielo. En la oscuridad racheada, la confusión y los gritos por las estrechas calles fueron terribles.

Dhiab el jeque nos había contado historias espeluznantes del descontento de los habitantes, para acrecentar el esplendor de su propia lealtad; pero mi impresión era que se trataba de hombres recios de gran utilidad potencial.

Para probarlo, me sentaba en mi azotea o caminaba en la oscuridad arriba y abajo por los callejones empinados, embozado para que no me reconocieran, con mis guardias discretamente a mi alrededor y al alcance de la voz. Así escuchábamos lo que se decía.

La gente estaba presa de un miedo apasionado, casi peligroso, maldiciendo a todo el mundo y a todo; pero no circulaba nada pro-turco. Estaban horrorizados ante la idea de que los turcos regresaran, dispuestos a hacer todo lo que estuviera en sus capacidades físicas para apoyar contra ellos a un líder con intenciones de combate. Esto era satisfactorio, pues encajaba con mis ansias de plantar cara allí mismo y dar una batalla dura.

Por fin conocí a los jóvenes jeques jazi, Metaab y Annad, hermosos en sedas y relucientes armas de plata, y los envié a buscar a su tío, Hamd el Arar.

A él le pedí que cabalgara hacia el norte del barranco para decirles a los campesinos, que por el ruido seguían luchando contra los turcos, que íbamos en camino a ayudarlos.

Hamd, un caballero melancólico, cortés y galante, partió al galope de inmediato con veinte de sus parientes, todos los que pudo reunir en aquel momento de confusión.

Su paso a toda velocidad por las calles añadió el toque final necesario para perfeccionar el terror.

Las amas de casa sacaron a bulto sus pertenencias a empujones por puertas y ventanas, aunque no hubiera ningún hombre esperando para recibirlas.

Los niños eran pisoteados y gritaban, mientras sus madres gritaban de todos modos.

Los motalga, durante su galope, dispararon tiro tras tiro al aire para animarse, y, como para responderles, los destellos de los rifles enemigos se hicieron visibles, perfilando los acantilados del norte en aquella última negrura del cielo antes del alba.

Subí las alturas opuestas para consultar con el jerife Zeid.

Zeid se sentó solemnemente sobre una roca, escrutando el país con unos prismáticos en busca del enemigo. A medida que las crisis se agravaban, Zeid se mostraba distante, despreocupado. Yo estaba furioso.

Los turcos jamás habrían debido aventurarse a regresar a Tafileh, ateniéndose a las reglas de la estrategia sensata. Era pura codicia, una actitud mezquina e indigna de un enemigo serio, justo el tipo de estupidez sin remedio que cometería un turco.

¿Cómo podían esperar una guerra en condiciones si no nos daban la oportunidad de honrarlos? Nuestra moral se arruinaba continuamente por sus insensateces, pues ni nuestros hombres podían respetar su valor, ni nuestros oficiales respetar su inteligencia.

Además, era una mañana helada, yo llevaba toda la noche en vela y era lo bastante teutón como para decidir que debían pagar por mi cambio de opinión y de planes.

Deben de ser pocos en número, a juzgar por la velocidad de su avance.

Teníamos todas las ventaja, de tiempo, de terreno, de número, de clima, y podíamos darles jaque mate con facilidad; pero, para mi furia, eso no era suficiente.

Jugaríamos a su clase de juego a nuestra escala pigmea; les daríamos una batalla campal tal como la querían; los mataríamos a todos. Revolvería mi memoria en busca de las máximas medio olvidadas del manual ortodoxo del ejército, y las parodiaría en acción.

Esto fue villano, pues con la aritmética y la geografía por aliadas podríamos habernos ahorrado el factor sufriente de la humanidad; y hacer una broma consciente de la victoria fue un acto gratuito.

Pudimos haber ganado negando la batalla, engañándolos al maniobrar nuestro centro como en tantas ocasiones anteriores y posteriores: sin embargo, el mal genio y la presunción se unieron esta vez para hacer que no me conformara con conocer mi poder, sino que estuviera decidido a darle publicidad ante el enemigo y ante todos.

Zeid, convencido ya de la incomodidad de la línea defensiva, estuvo muy dispuesto a escuchar la voz del tentador.

Primero sugerí que Abdula avanzara con dos ametralladoras Hotchkiss para poner a prueba la fuerza y la disposición del enemigo.

Luego hablamos de lo siguiente; de forma muy provechosa, pues Zeid era un combatiente audaz y sereno, con el temperamento de un oficial profesional.

Vimos a Abdula subir por la otra orilla. Los disparos se volvieron intensos por un momento y luego se desvanecieron en la distancia. Su llegada había estimulado a los jinetes de los Motalga y a los aldeanos, quienes cayeron sobre la caballería turca y la hicieron retroceder por una primera cresta, a través de una llanura de dos millas de ancho, y por una cresta más allá, descendiendo hasta el primer escalón de la gran depresión de Hesa.

Detrás de esto se encontraba el cuerpo principal turco, que apenas volvía a ponerse en marcha tras una noche dura que los había dejado entumecidos en sus puestos. Entraron en acción debidamente, y Abdulla fue contenido de inmediato.

Oímos el rodar distante del fuego de ametralladoras, que crecía en enormes ráfagas, entretejido por un cañonazo disperso. Nuestros oídos nos decían lo que estaba pasando tan bien como si lo viéramos, y la noticia era excelente. Quería que Zeid avanzara de inmediato basándome en esa autoridad; pero su cautela intervino e insistió en que esperáramos noticias precisas de su vanguardia, Abdulla.

Esto no era necesario, según el libro, pero sabían que yo era un soldado de pacotilla, y se tomaban la libertad de dudar de mi consejo cuando este llegaba de forma imperativa.

Sin embargo, yo jugaba con ventaja y me fui por mi cuenta al frente para anticiparme a su decisión.

En el camino vi a mi guardia personal, revisando los bienes expuestos para su retirada en las calles y encontrando mucho que les interesaba. Les ordené que recuperasen nuestros camellos y llevaran su ametralladora automáticas Hotchkiss a la orilla norte del desfiladero a toda prisa.

El camino se hundía en un bosquecillo de higueras, nudos de ramas azules y serpenteantes; desnudas, como lo estarían mucho después de que el resto de la naturaleza se hubiera vuelto verde.

Desde allí giraba hacia el este, para serpentear largamente por el valle hasta la cresta. Lo dejé, trepando directamente por los acantilados.

Una ventaja de ir descalzo era una nueva e increíble seguridad sobre la roca cuando las plantas de los pies se habían endurecido a base de dolorosa insistencia, o estaban demasiado frías para sentir aristas y rasguños.

El nuevo camino, a la vez que me calentaba, acortaba también mi tiempo de forma apreciable y, muy pronto, en la cima, hallé un trozo llano y luego una última cresta que dominaba la meseta.

Este último talud recto, con cimientos bizantinos en su interior, parecía muy apropiado para una línea de reserva o de defensa definitiva para Tafila. Por supuesto, aún no teníamos reserva —nadie tenía la menor idea de quiénes ni qué tendríamos en ninguna parte—, pero, si llegábamos a tener a alguien, este era su lugar; y en ese preciso momento los Ageyl personales de Zeid se hicieron visibles, escondiéndose con timidez en una hondonada. Hacerlos mover requería palabras de una fuerza capaz de desenredar sus cabellos trenzados, pero al fin logré que se sentaran a lo largo de la silueta de la Cresta de la Reserva. Eran unos veinte y, desde lejos, se veían hermosos, como «puntas de lanza» de un ejército considerable. Les entregué mi sello como seña, con la orden de reunir allí a todos los recién llegados, especialmente a los míos con su cañón.

A medida que caminaba hacia el norte, hacia los combates, Abdulla me salió al encuentro, de camino a ver a Zeid con noticias. Había agotado su munición, perdido a cinco hombres por el fuego de artillería y destruido un fusil ametrallador. Creía que los turcos tenían dos cañones. Su idea era reunirse con Zeid con todos sus hombres y presentar batalla; de modo que no me quedaba nada que añadir a su mensaje; y no había sutileza alguna en dejar en paz a mis alegres jefes para que cruzaran y pusieran los puntos sobre las íes a su propia y acertada decisión.

Me dio tiempo para estudiar el futuro campo de batalla. La diminuta llanura medía unas dos millas de ancho, estaba delimitada por bajas crestas verdes y era más o menos triangular, con mi cresta de reserva como base. A través de ella corría el camino hacia Kerak, hundiéndose en el valle de Hesa. Los turcos se abrirían paso luchando por este camino. La carga de Abdulla había tomado la cresta occidental o de la izquierda, que ahora era nuestra línea de fuego.

Caeían obuses en la llanura mientras la cruzaba, con duros tallos de ajenjo hincándose en mis pies heridos. La espoleta enemiga era demasiado lenta, de modo que los proyectiles rozaban la cresta y estallaban más atrás. Uno cayó cerca de mí, y supe su calibre por el casquillo caliente.

A medida que avanzaba empezaron a acortar el alcance, y para cuando llegué a la cresta esta ya estaba siendo generosamente rociada con metralla. Era obvio que los turcos habían conseguido observación de algún modo y, al mirar a mi alrededor, los vi trepando por el lado oriental más allá de la brecha de la carretera de Kerak. Pronto nos flanquearían en nuestro extremo de la cresta occidental.

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