cabalgata de aquel día había cansado mis músculos desacostumbrados, y el calor de la llanura había sido penoso. Tenía la piel ampollada por él, y los ojos me dolían por el resplandor de la luz que ascendía en un ángulo agudo desde la arena plateada y desde los guijarros brillantes. Los últimos dos años los había pasado en El Cairo, ante un escritorio todo el día o pensando intensamente en una pequeña oficina abarrotada y llena de ruidos desconcertantes, con un centenar de cosas urgentes que decir, pero sin ninguna necesidad física salvo la de ir y venir cada día entre la oficina y el hotel. En consecuencia, la novedad de este cambio era dura, ya que no se me había dado tiempo para acostumbrarme gradualmente al persistente latido del sol árabe y a la larga monotonía del paso del camello. Había de haber otra etapa esta noche, y un día largo mañana antes de llegar al campamento de Faisal.
Así que estaba agradecido por la cocina y las compras, que consumieron una hora, y por la segunda hora de descanso posterior que nos tomamos de común acuerdo; y apenado cuando terminó, y volvimos a montar, y cabalgamos en absoluta oscuridad por valles y más valles, entrando y saliendo de corrientes de aire que eran cálidas en las hondonadas cerradas, pero frescas y vivaces en los lugares abiertos. El suelo bajo nuestros pies debía de ser arenoso, porque el silencio de nuestro paso hería mis oídos esforzados, y liso, pues yo no hacía más que dormirme en la silla de montar, para despertar unos segundos después de golpe y con náuseas, mientras me aferraba por instinto al arzón para recuperar el equilibrio, que se había visto alterado por alguna zancada irregular del animal. Estaba demasiado oscuro, y las formas del paisaje eran demasiado neutras, para retener mis ojos pesados de pestañas y escrutadores. Al fin