Sus movimientos eran impetuosos. Se mostraba irascible y sensible, incluso irracional, y pronto se desataba por cualquier tangente.
El apetito y la debilidad física se hermanaban en él, con el acicate del valor. Su encanto personal, su imprudencia, el patético atisbo de fragilidad como única reserva de este carácter orgulloso lo convirtieron en el ídolo de sus seguidores.
A nadie se le ocurría preguntar si era escrupuloso; pero más tarde demostró que sabía devolver la confianza con confianza, la sospecha con sospecha. Estaba más provisto de ingenio que de humor.
Su formación en el séquito de Abdul Hamid lo había convertido en un maestro consumado de la diplomacia. Su servicio militar con los turcos le había otorgado un conocimiento práctico de táctica. Su vida en Constantinopla y en el Parlamento turco lo había familiarizado con las cuestiones y los modales europeos.
Era un juez prudente de los hombres. Si tuviera la fuerza para realizar sus sueños llegaría muy lejos, pues estaba entregado en cuerpo y alma a su trabajo y no vivía para otra cosa; pero el temor era que se desgastara intentando aparentar que apuntaba siempre un poco más alto que la verdad, o que muriera de un exceso de acción.
Sus hombres me contaron cómo, tras una larga temporada de combates, en los que había tenido que defenderse, y liderar las cargas, y controlarlos y alentarlos, se había desmoronado físicamente y lo habían alejado de su victoria, inconsciente, con espuma en los labios.
Mientras tanto, aquí, según parecía, se ofrecía a nuestra mano, que solo tenía que ser lo bastante grande para tomarlo, un profeta que, aunque velado, daría una forma convincente a la idea detrás de la actividad de la revuelta árabe. Era todo y más de lo que habíamos esperado, mucho más de lo que nuestro titubeante rumbo merecía. El objetivo de mi viaje estaba cumplido.