Era mediodía; y el sol cenital en Oriente, como la luz de la luna, adormecía los colores. Solo había luces y sombras, las casas blancas y los negros huecos de las calles: * al frente, el brillo pálido de la bruma titilando sobre el puerto interior; * detrás, el fulgor de legua tras legua de arena informe, que ascendía hasta el límite de unas colinas bajas, apenas sugeridas en la lejana neblina
Justo al norte de Yida había un segundo grupo de edificios blancos y negros, que subían y bajaban como pistones en el espejismo, mientras el barco se mecía fondeado y el viento intermitente movía las olas de calor en el aire. Parecía y se sentía horrible. Empezamos a lamentar que la inaccesibilidad que hacía del Hiyaz un teatro de operaciones militarmente seguro implicara un mal clima y salubridad dudosa.
Sin embargo, el coronel Wilson, representante británico ante el nuevo Estado árabe, había enviado su lancha a nuestro encuentro; y tuvimos que desembarcar para conocer la realidad de aquellos hombres que levitaban en aquel espejismo.
Media hora más tarde, Ruhi, ayudante oriental del consulado, sonreía dándole una alegre bienvenida a su antiguo protector Storrs (Ruhi el ingenioso, más parecido a una mandrágora que a un hombre), mientras la policía siria y los oficiales del puerto, de reciente nombramiento, con una improvisada guardia de honor, formaban en el muelle de la Aduana para saludar a Aziz el Masri.
Se anunciaba que el jerife Abdulla, el segundo hijo del viejo hombre de La Meca, acababa de llegar a la ciudad. Era a él a quien teníamos que ver; así que nuestra llegada resultó providencialmente oportuna.
Pasamos junto a la mampostería blanca de la compuerta aún en construcción, y a través del callejón agobiante del mercado de alimentos