Bajo altos soportales de palmeras con ramas abovedadas y nervadas, en un prado suave, encontré el ordenado campamento de los soldados del ejército egipcio con Nafi Bey, su comandante egipcio, enviado recientemente desde el Sudán por sir Reginald Wingate para ayudar a la rebelión árabe.
Comprendían una batería de montaña y algunas ametralladoras, y parecían más pulcros de lo que se sentían. Nafi en persona era un tipo afable, amable y hospitalario conmigo a pesar de su frágil salud y de su resentimiento por haber sido enviado tan lejos al desierto para servir en una guerra innecesaria y fatigosa.
Los egipcios, que eran personas caseras y cómodas, siempre habían considerado la extranjería una miseria. En este mal caso sufrieron penalidades con un fin filantrópico, lo cual lo hacía más difícil.
Estaban luchando contra los turcos, por quienes sentían una afinidad sentimental, en favor de los árabes, un pueblo ajeno que hablaba una lengua emparentada con la suya, pero que por ello mismo parecía aún más distinto en su carácter y tosco en su vida.
Los árabes parecían hostiles a las bendiciones materiales de la civilización en lugar de apreciarlas. Respondían con una rechifla zaina a los bienintencionados intentos de proveer a su desnudez.
Los ingleses, seguros de su propia excelencia absoluta, insistían en ayudar sin quejarse demasiado; pero los egipcios perdieron la fe. No poseían ni ese sentido colectivo del deber hacia su Estado, ni ese sentimiento de obligación individual de empujar a la humanidad doliente en su camino.