Algo de la maldad de nuestra historia puede haber sido inherente a nuestras circunstancias.
Durante años vivimos como pudimos unos con otros en el desierto desnudo, bajo el cielo indiferente.
De día el sol caliente nos fermentaba; y nos aturdía el viento batiente.
De noche nos manchaba el rocío, y las innumerables silencios de las estrellas nos avergonzaban rebajándonos a la mezquindad.
Éramos un ejército egocéntrico sin desfile ni gesto, devoto de la libertad, el segundo de los credos del hombre, un propósito tan devorador que consumió todas nuestras fuerzas, una esperanza tan transcendente que nuestras primeras ambiciones se desvanecieron en su fulgor.
A medida que pasaba el tiempo, nuestra necesidad de luchar por el ideal se incrementó hasta convertirse en una posesión incuestionable, cabalgando con espuelas y riendas por encima de nuestras dudas.
Quiérase o no, se convirtió en una fe. Nos habíamos vendido a su esclavitud, nos habíamos encadenado juntos en su cuadrilla de forzados, nos habíamos inclinado para servir a su santidad con todo nuestro buen y mal contento.
La mentalidad de los esclavos humanos ordinarios es terrible —han perdido el mundo—, y nosotros nos habíamos entregado, no solo en cuerpo, sino en alma, a la avidez subyugante de la victoria. Por nuestro propio acto habíamos quedado vaciados de moralidad, de volición, de responsabilidad, como hojas muertas en el viento.