maniobra de cerco contra Deraa y, mientras observábamos, sus aeroplanos bombardearon al desdichado Nuri Said en el momento en que entraba a caballo en la estación de ferrocarril. Este fue su castigo por perder la carrera desde Sheikh Saad; pero, para poner fin a aquello, me apresuré a bajar hasta donde el general Barrow inspeccionaba los puestos avanzados en un automóvil.
Le conté que habíamos pasado la noche en el pueblo, y que los tiros que había oído eran salvas de alegría. Fue cortante conmigo; pero sentí poca lástima por él, pues se había retrasado un día y una noche bebiendo en los pobres pozos de Remthe, a pesar de que su mapa mostraba el lago y el río de Mezerib más adelante, en el camino por el que el enemigo estaba escapando. Sin embargo, sus órdenes eran Deraa, y a Deraa iría.
Me dijo que cabalgara a su lado; pero sus caballos aborrecían a mi camello, así que el Estado Mayor avanzaba a los saltos por la cuneta, mientras yo desfilaba con sobriedad por la coronilla del camino.
Dijo que tenía que apostar centinelas en el pueblo para mantener al vecindario en orden. Le expliqué con suavidad que los árabes ya habían nombrado a su gobernador militar.
Junto a los pozos dijo que sus zapadores debían inspeccionar las bombas. Le respondí agradeciendo su ayuda. Habíamos encendido los hornos y esperábamos empezar a abrevar a sus caballos en una hora.
Soltó un ronquido bufando que parecía que estábamos en nuestra propia casa; él se haría cargo únicamente de la estación de ferrocarril. Señalé la locomotora que salía hacia Mzerib (donde nuestro pequeño jeque había impedido que los turcos volaran el puente de Tell el Shehab, convertido ahora en propiedad árabe) y le pedí que diera instrucciones a sus centinelas para que no interfirieran con el funcionamiento adecuado de nuestra línea.