Tomamos su sorprendente palabra de que estábamos a buen recaudo, y nos tendimos entre o junto a nuestras bestias cargadas para dormir un poco. El amanecer nos mostraría cuán seguros y ocultos estábamos.
Al despuntar el día, Fahad me condujo hasta el borde de nuestra fosa, unos quince pies más arriba, y desde allí miramos directamente a través de un prado que descendía lentamente hacia la vía del tren, que parecía casi al alcance de un disparo.
Estaba molestísimamente cerca, pero los Sukhur no conocían un sitio mejor.
Tuvimos que permanecer en alerta todo el día. Cada vez que se informaba de algo, nuestros hombres corrían a mirarlo, y el talud bajo se poblaba de un friso apretado de cabezas humanas. Además, los camellos en pastoreo requerían muchos guardias para evitar que se descarriaran y quedaran a la vista.
Cada vez que pasaba una patrulla teníamos que ser muy delicados al controlar a las bestias, ya que si una de ellas hubiera bramado o roncado habría atraído al enemigo.
Ayer había sido largo: hoy lo fue más; no podíamos comer, pues nuestra agua debía racionarse con celoso cuidado ante la escasez del día de mañana. El solo hecho de saberlo nos daba sed.
Ali y yo ultimamos los preparativos para nuestra cabalgata. Estábamos confinados aquí hasta el anochecer; y debíamos llegar a Tell el Shehab, volar el puente y regresar al este del ferrocarril antes del amanecer. Esto significaba un recorrido de al menos ochenta millas en las trece horas de oscuridad, con una compleja demolición de por medio. semejante proeza superaba la capacidad de la mayoría de los indios. No eran buenos jinetes y habían destrozado a sus camellos en la marcha desde Áqaba.