preocupación. Las pupilas de Daud, situadas un poco hacia adentro del centro del globo ocular, le daban un aire de aguda presteza.
La respuesta de Saad no fue nada reconfortante. Los dos muchachos siempre se metían en líos y últimamente sus travesuras habían sido tan escandalosas que Sharraf, el severo, había ordenado que se escarmienta con ellos. Todo lo que él podía hacer por mí era permitir que Daud compartiera la sentencia decretada.
Daud aceptó la oportunidad con entusiasmo, me besó la mano y la de Saad, y salió corriendo valle arriba; mientras Saad, riendo, me contaba historias de aquella famosa pareja.
Eran un ejemplo del afecto entre muchachos orientales que la reclusión de las mujeres hacía inevitable. Tales amistades a menudo conducían a amores varoniles de una profundidad y fuerza que superaban nuestra vanidad empapada de carne. Cuando eran inocentes, se mostraban apasionados y desvergonzados. Si la sexualidad intervenía, se transformaban en una relación de toma y daca, desprovista de espiritualidad, semejante al matrimonio.