Accioné el detonador bajo la primera rueda motriz de la primera locomotora, y la explosión fue tremenda. La tierra brotó negramente en mi rostro y salí dando vueltas, para quedar sentado con la camisa desgarrada hasta el hombro y la sangre goteando de unos arañazos largos y desiguales en mi brazo izquierdo. Entre mis rodillas yacía el detonador, aplastado bajo una chapa retorcida de hierro mugriento. Delante de mí estaba la mitad superior de un hombre, escaldada y humeante. Cuando miré a través del polvo y el vapor de la explosión, toda la caldera de la primera locomotora parecía haber desaparecido.
Sentí sordamente que era hora de apartarme para recibir asistencia; pero al moverme, supe que tenía un gran dolor en el pie derecho, a causa del cual solo podía avanzar cojeando, con la cabeza balanceándose por la conmoción.
El movimiento comenzó a disipar esta confusión, mientras me arrastraba cojeando hacia el valle superior, desde donde los árabes disparaban ahora velozmente hacia los coches atestados.
Aturdido, me di ánimos repitiendo en voz alta en inglés: «Oh, ojalá esto no hubiera pasado».
Cuando el enemigo empezó a devolver nuestro fuego, me vi atrapado en medio de ambos bandos. Alí me vio caer y, pensando que estaba malherido, salió corriendo, junto con Turki y unos veinte hombres de sus criados y de los beni sakhr, para ayudarme. Los turcos ajustaron el tiro y abatieron a siete de ellos en pocos segundos. Los demás, en una embestida, me rodearon: modelos perfectos, tras su agilidad, para un escultor. Sus amplios bombachos de algodón blanco ceñidos como campanas a sus esbeltas cintura y tobillos; sus cuerpos morenos y sin vello; y los bucles de amor trenzados con fuerza sobre cada sien en forma de largos cuernos, los hacían parecer bailarines rusos.