Dio una palmada para llamar al centinela, que entró apresuradamente y me inmovilizó los brazos. El bey me maldijo con amenazas horribles y ordenó al hombre que me sujetaba que me arrancara la ropa, pedazo a pedazo. Se le abrieron desmesuradamente los ojos ante los sitios medio cicatrizados donde las balas me habían rozado la piel hacía poco. Por fin se puso en pie con torpeza, con una chispa en la mirada, y comenzó a manosearme. Lo soporté un instante, hasta que se puso demasiado bestial; y entonces le propiné un rodillazo.
Tambaleándose llegó hasta su cama, encogiéndose y gimiendo de dolor, mientras el soldado llamaba a gritos al cabo y a los otros tres hombres para que me agarrasen de pies y manos.
Tan pronto como estuve indefenso, el Gobernador recuperó el valor y me escupió, jurando que haría que le pidiera perdón. Se quitó la zapatilla y me golpeó repetidamente en la cara con ella, mientras el cabo me tiraba de la cabeza hacia atrás por los cabellos para que recibiera los golpes. Se inclinó hacia delante, clavó los dientes en mi cuello y mordió hasta que brotó la sangre. Luego me besó.
Después sacó una de las bayonetas de los hombres. Pensé que iba a matarme, y lo sentí; pero solo tiró de un pliegue de carne sobre mis costillas, hizo pasar la punta, tras bastante esfuerzo, y le dio media vuelta a la hoja. Esto dolió y me encogí, mientras la sangre descendía oscilante por mi costado y goteaba hasta la parte delantera de mi muslo. Él pareció complacido y la desparramó por mi vientre con la yema de los dedos.
En mi desesperación hablé. Su rostro cambió y se quedó inmóvil, luego controló su voz con esfuerzo para decir con segundas intenciones: «Debes comprender que lo sé; y te será más fácil si haces lo que deseo». Me quedé anonadado y nos quedamos mirando en silencio, mientras los hombres, que intuían un significado oculto que rebasaba su experiencia,