Mohammed era un hombre regordete, vulgar, de cincuenta y cinco años, práctico y enérgico. Se estaba labrando rápidamente un nombre en el ejército árabe, pues hacía cualquier trabajo manual que se le encomendara. Sus hombres eran la morralla de Wadi Yenbo, sin tierras ni familia, o labradores urbanos de Yenbo, libres de toda dignidad heredada. Eran más dóciles que cualquier otra de nuestras tropas, excepto los Ageyl de manos blancas, que eran demasiado hermosos para ser convertidos en peones.
Ya llevábamos dos días de retraso respecto a nuestra promesa a la Marina, y Newcombe decidió adelantarse a caballo esa misma noche hacia Habban.
Allí se encontraría con Boyle y le explicaría que debíamos fallarle al Hardinge en el punto de encuentro, pero que le agradeceríamos que pudiera regresar allí la noche del veinticuatro, momento en el que llegaríamos muy necesitados de agua.
También comprobaría si el ataque naval podía retrasarse hasta el veinticinco para salvar el plan conjunto.
Al caer la noche llegó un recado de Suleiman Rifada, con un camello de regalo para que Feisal se lo quedara si era amigo, o lo devolviera si era enemigo. Feisal se mostró disgustado y protestó por su incapacidad para comprender a un hombre tan débil. Nasir afirmó: «Ah, es porque come pescado. El pescado infla la cabeza, y de ahí viene semejante comportamiento». Los sirios, los mesopotamios y los hombres de Yida y Yenbo rieron a carcajadas para demostrar que no compartían la creencia del árabe de las tierras altas de que un hombre de honor quedara deshonrado por probar los tres alimentos abyectos: pollos, huevos y pescado.