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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XXXVII

Eran esclavos absolutos de su apetito, carentes de fortaleza mental, borrachos de café, leche o agua, glotones de carne estofada, desvergonzados mendigos de tabaco. Soñaban durante semanas antes y después de sus escasas relaciones sexuales, y pasaban los días intermedios estimulándose a sí mismos y a quienes los escuchaban con relatos obscenos. Si las circunstancias de su vida les hubieran dado la oportunidad, habrían sido unos sibaritas puros. Su fuerza era la fuerza de los hombres geográficamente ajenos a la tentación: la pobreza de Arabia los hacía sencillos, continentes, resistentes. Si se hubieran visto forzados a la vida civilizada, habrían sucumbido como cualquier raza salvaje a sus enfermedades, mezquindad, lujo, crueldad, duplicidad, artificio; y, como los salvajes, las habrían sufrido de manera exagerada por falta de inmunización.

Si sospechaban que queríamos arrearlos, o bien se ponían tercos o se marchaban.

Si los comprendíamos, y dedicábamos tiempo y esmero a hacerles las cosas tentadoras, entonces se esforzaban muchísimo por complacerinos.

Si los resultados obtenidos valían el esfuerzo, nadie podría decirlo.

Los ingleses, acostumbrados a mayores réditos, no habrían invertido, y de hecho no habrían podido invertir, el tiempo, la reflexión y el tacto que jeques y emires derrochaban cada día para fines tan exiguos.

Los métodos árabes eran claros, las mentes árabes se movían de forma tan lógica como la nuestra, sin nada radicalmente incomprensible o diferente, salvo la premisa: no había excusa ni razón, aparte de nuestra pereza e ignorancia, por la cual pudiéramos tildarlos de inescrutables u orientales, o dejar de entenderlos.

Nos habrían seguido, si hubiéramos aguantado con ellos y jugado al juego según sus reglas.

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