Tal fluidez carecía de gramática, lo que convertía mi forma de hablar en una aventura perpetua para quienes me escuchaban. Los recién llegados debían de imaginarse que yo era nativo de algún distrito iletrado y desconocido; un vertedero de escombros de partes de la oración árabe disyuntas.
Sin embargo, todavía no entendía ni tres palabras de las de Auda, y al cabo de media hora su canto me cansó, mientras la vieja luna ascendía lentamente por el cielo, navegaba sobre las colinas más altas y arrojaba una luz engañosa, menos segura que la oscuridad, en nuestro valle. Marchamos hasta que el sol temprano, muy pesado para quienes habíamos cabalgado toda la noche, se nos opuso.
El desayuno fue con nuestra propia harina, aligerando por fin, tras días de hospitalidad, la carga de alimento de nuestros pobres camellos. Como Sharraf aún no estaba en Abu Raga, no nos dimos más prisa que la que imponían las dificultades con el agua; y, después de comer, volvimos a levantar nuestros techos de mantas y nos tumbamos hasta la tarde, esquivando con irritación su inestable sombra, empapándonos de calor y con el constante picotear de las moscas.
Por fin Nasir dio la señal de marcha, y seguimos cañón arriba, con colinas ligeramente pomposas a cada lado, durante cuatro horas; tras las cuales acordamos acampar de nuevo en el lecho del valle.
Había abundante broza para hacer fuego; y en lo alto del acantilado, a nuestra derecha, había pozas de agua dulce en las rocas, que nos regalaron una bebida deliciosa. Nasir estaba muy alterado; ordenó arroz para la cena y que los amigos comieran con nosotros.
Nuestra regla de marcha era extraña y rebuscada. Naser, Auda y Nesib eran otras tantas casas separadas y puntillosas, que reconocían la supremacía de Naser solo porque yo vivía con él como huésped y les daba el ejemplo de respeto.