la prosperidad de Beirut la volvía levantina, la prosperidad de Homs y Hama reforzaba su localidad; las hacía más firmemente nativas, más celosamente nativas. Casi parecía como si la familiaridad con la planta y el poder enseñara a la gente que las costumbres de sus padres eran las mejores.
Alepo fue una gran ciudad en Siria, pero no formaba parte de ella, ni de Anatolia, ni de Mesopotamia.
Allí las razas, los credos y las lenguas del Imperio otomano se encontraban y se conocían en un espíritu de entendimiento.
El choque de caracteres, que hacía de sus calles un calidoscopio, imbuía al alepino de una pensativa lascivia que corregía en él lo que había de estridente en el damasceno.
Alepo había participado en todas las civilizaciones que giraron a su alrededor: el resultado parecía ser una falta de entusiasmo en la fe de sus gentes.
Aun así, superaban al resto de Siria. Luchaban y comerciaban más; eran más fanáticos y viciosos; y creaban las cosas más hermosas: pero todo ello con una carencia de convicción que volvía estéril su multitudinaria fuerza.
Era propio de Alepo que en ella, aun cuando el sentimiento mahometano andaba por todo lo alto, reinara mayor hermandad entre cristianos y mahometanos, armenios, árabes, turcos, kurdos y judíos que en quizás cualquier otra gran ciudad del Imperio otomano, y que se dispensara mayor amabilidad, aunque escasa licencia, a los europeos. Políticamente, la ciudad se al margen por completo, salvo en los barrios árabes que, como aldeas medio nómadas y desmedidas salpicadas de mezquitas medievales de valor incalculable, se extendían al este y al sur de