elocuencia y el patriotismo que a menudo superaba su innata pasión por la ambigüedad. Nesib escogió a Zeki, un oficial sirio, como compañero. Como escolta llevábamos a treinta y cinco ageyl, bajo las órdenes de ibn Dgheithir, un hombre blindado en su propio temperamento: distante, abstraído, autosuficiente. Feisal reunió una bolsa de veinte mil libras en oro —todo lo que podía permitirse y más de lo que habíamos pedido— para pagar los salarios de los nuevos hombres que esperábamos reclutar y para dar los anticipos necesarios que estimularan la rapidez de los howeitat.
Esta incómoda carga de cuatro quintales de oro nos la repartimos entre nosotros, contra la eventualidad de un percance en el camino.
El jeque Yúsuf, de nuevo al cargo de los suministros, nos dio a cada uno media bolsa de harina, cuyas cuarenta y cinco libras se consideraban la escasa ración de un hombre para seis semanas.
Esto iba colgado en la silla de montar, y Nasir llevó suficiente en los camellos de carga como para distribuir otras catorce libras por hombre cuando hubiéramos marchado la primera quincena y hubiera sitio para ello en nuestras alforjas al haberla consumido.
Llevábamos algo de munición sobrante y unos cuantos rifles de repuesto para hacer regalos; y cargamos seis camellos con paquetes ligeros de gelatina explosiva para destruir vías férreas, trenes o puentes en el norte. Nasir, un gran emir en su tierra, también llevaba una buena tienda de campaña en la que recibir a los visitantes, y una carga de camello con arroz para agasajarlos; pero este último nos lo comimos entre todos con gran consuelo, ya que la monótona dieta de pan de agua y agua, semana tras semana, resultaba poco estimulante.