A través del torbellino de polvo advertimos que Ácaba era una ruina total.
Los bombardeos repetidos de buques de guerra franceses e ingleses habían reducido el lugar a su basura original. Las pobres casas se dispersaban en un revoltijo, sucias y despreciables, carentes por completo de esa dignidad que la durabilidad de sus huesos desafiantes al tiempo confería a los restos antiguos.
Entramos vagando en la umbría arboleda de palmeras, al romperse las olas con salpicaduras, y allí nos sentamos a ver pasar a nuestros hombres en filas de rostros arrebatados y vacíos sin ningún mensaje para nosotros.
Durante meses Ákaba había sido el horizonte de nuestras mentes, la meta: no habíamos tenido ningún pensamiento, nos habíamos negado a pensar en cualquier otra cosa.
Ahora, en el logro, desdeñábamos un poco a las entidades que habían empleado su esfuerzo extremo en un objeto cuya consecución no cambiaba nada radical ni en la mente ni en el cuerpo.
En la luz insulsa de la victoria apenas podíamos reconocernos. Hablamos con sorpresa, nos sentamos vacías, nos palpamos las blancas faldas; con la duda de si podríamos comprender o aprender quiénes éramos. El ruido de los demás era una irrealidad de sueño, un zumbido en los oídos sumergidos en lo hondo del agua. Contra el asombro de esta vida continuada que no habíamos pedido, no sabíamos cómo sacar partido de nuestro don. Especialmente difícil fue para mí, porque aunque mi vista era aguda, jamás vi los rostros de los hombres: siempre atisbaba más allá,