correa trenzada alrededor de sus lomos para librarse de la suciedad de los camellos y de sus orines en la marcha. El agua de Semna era medicinal, y el estiércol de nuestros animales fluía como una sopa verde por sus corvejones
Detrás de los Ashraf venía el estandarte carmesí de nuestro último destacamento tribal, los Rifaa, bajo las órdenes de Owdi ibn Zuweid, el viejo y adulador pirata marino que había asaltado la Misión Stotzingen y arrojado su radio y a sus criados indios al mar en Yenbo.
Los tiburones presumiblemente rechazaron la radio, pero nosotros habíamos pasado horas infructuosas rastreando el puerto en su busca.
Owdi todavía llevaba un largo y lujoso capote de oficial alemán forrado de piel, una prenda poco adecuada para el clima pero que, según insistía él, era un botín magnífico. Tenía unos mil hombres, tres cuartas partes de ellos a pie, y junto a él marchaba Rasim, el comandante de artillería, con sus cuatro viejos cañones Krupp sobre las mulas de carga, tal como los habíamos tomado al ejército egipcio.
Rasim era un damasceno sardónico, que se alzaba riendo ante cualquier crisis y deambulaba con la cabeza dolorida por agravios cuando las cosas marchaban bien. Ese día había terribles murmullos, pues a su lado cabalgaba Abdulla el Deleimi, a cargo de las ametralladoras, un oficial rápido, inteligente, superficial pero atractivo, muy del tipo profesional, cuya gran alegría era avivar algún rencor latente en Rasim hasta que este descargara a todo volumen sobre Faysal o sobre mí. Hoy le ayudé al sonreírle a Rasim diciendo que avanzábamos a intervalos de un cuarto de día en escalón de subtribus. Rasim miró la maleza recién lavada, donde las gotas de lluvia brillaban bajo la luz del sol que se ponía