la guerra a un núcleo de personas que hablaban, escribían y pensaban como los enciclopedistas doctrinarios que pavimentaron el camino hacia la revolución en Francia. > Por su causa, y por su riqueza, y por su voz excesivamente alta y dispuesta, había que contar con
Damasco, Homs, Hama y Alepo eran las cuatro ciudades milenarias de las que se enorgullecía la Siria nativa. Se extendían como una cadena a lo largo de los fértiles valles entre el desierto y las colinas. Debido a su ubicación, daban la espalda al mar y miraban hacia el este. Eran árabes y se sabían tales.
De ellas, y de Siria, Damasco era la cabeza indiscutible; la sede del gobierno laico y el centro religioso. Sus jeques eran líderes de opinión, más «mecanos» que los de cualquier otra parte. Sus ciudadanos, frescos y turbulentos, siempre dispuestos a golpear, eran tan extremistas en el pensamiento y en la palabra como en el placer. La ciudad se ufanaba de marchar a la cabeza de cualquier región de Siria.
Los turcos hicieron de ella su cuartel general militar, con la misma certeza con la que allí se establecieron la Oposición Árabe, Oppenheim y el jeque Shawish. Damasco era un astro al que los árabes se veían naturalmente atraídos: una capital que no se sometería dócilmente a ninguna raza extranjera.
Homs y Hama eran gemisas que se detestaban la una a la otra. Ambas fabricaban cosas: en Homs a menudo algodón y lana, en Hama sedas brocadas. Sus industrias eran prósperas y crecientes, sus comerciantes rápidos para encontrar nuevos mercados, o para satisfacer nuevos gustos, en el norte de África, los Balcanes, Asia Menor, Arabia, Mesopotamia. Demostraban la capacidad productiva de Siria, no guiada por extranjeros, así como Beirut demostraba su destreza en la distribución. Mas, mientras