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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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CXIX

Nuestra guerra había terminado. Aunque dormimos aquella noche en Kiswe, porque los árabes nos dijeron que los caminos eran peligrosos y no teníamos deseos de morir estúpidamente en la oscuridad a las puertas de Damasco.

Los deportivos australianos veían la campaña como una carrera de obstáculos, con Damasco como meta; pero en realidad todos estábamos ya bajo las órdenes de Allenby, y la victoria había sido el fruto lógico y exclusivo de su genio y de los desvelos de Bartholomew.

Su esquema táctico situó adecuadamente a los australianos al norte y al oeste de Damasco, cortando sus vías férreas, antes de que la columna meridional pudiera entrar en ella; y nosotros, los líderes árabes, habíamos esperado a los británicos, que eran más lentos, en parte porque Allenby jamás dudó de que cumpliríamos lo ordenado. El poder residía en su tranquila presunción de que recibiría una obediencia tan perfecta como la confianza que brindaba.

Él esperaba que estuviéramos presentes en la entrada, en parte porque sabía cuánto más que un mero trofeo era Damasco para los árabes; en parte por razones prudenciales.

El movimiento de Faisal convertía el país enemigo en amigo de los aliados a medida que avanzaban, permitiendo que los convoyes subieran sin escolta y que las ciudades se administraran sin guarnición. En su cerco a Damasco, los australianos podían verse obligados, a pesar de las órdenes, a entrar en la ciudad. Si alguien les resistía, eso echaría a perder el futuro.

Se nos dio una noche para lograr que los damascenos recibieran al ejército británico como sus aliados.

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