soldado desconocido y le había explicado en un árabe entrecortado lo bien que les iban las cosas. ¡El soldado había dado gracias a Dios por Sus misericordias y había desaparecido en la oscuridad, desde donde un momento después se desató el fuego de ametralladoras a izquierda y derecha! A pesar de todo, Winterton había disparado todas sus cargas y se había retirado en buen orden sin sufrir bajas. Nasiir vino a vernos y nos informó de este herido y aquel muerto, de que este clan se estaba preparando, de que aquellos ya se habían unido, pero otros se habían vuelto a casa; todos los chismes de la región. Los tres aeroplanos relucientes habían reanimado mucho a los árabes, quienes alababan a los británicos y su propia valentía y resistencia, mientras yo les contaba la epopeya apenas creíble de los éxitos de Allenby: Nablus tomada, Afula tomada, Beisán, Semakh y Haifa. Las mentes de mis oyentes me seguían como llamas. Tallal se encendió, jactándose, mientras los rualla clamaban por una marcha inmediata sobre Damasco. Incluso mi guardia personal, que aún llevaba el testimonio de la severidad del Zaagi en sus ojos embarrados y rostros tensos, se animó y comenzó a pavonearse un poco ante la multitud, con un amanecer de felicidad. Un estremecimiento de autoafirmación y confianza recorrió el campamento. Decidí traer a Faisal y a Nuri Shaalan para el esfuerzo final.
Mientras tanto era la hora del desayuno con un olor a salchicha en el aire. Nos sentamos alrededor, muy dispuestos: pero el vigía de la torre rota gritó «¡Aeroplano a la vista!», al ver que venía uno desde Deraa. Nuestros australianos, trepando frenéticamente a sus máquinas aún calientes, las pusieron en marcha en un instante. Ross Smith, con su