Estas colinas y llanuras habitadas enmarcaban un golfo de desierto sediento, en cuyo corazón había un archipiélago de oasis regados y populosos llamado Kasim y Aridh. En este grupo de oasis yacía el verdadero centro de Arabia, la reserva de su espíritu nativo y su individualidad más consciente. El desierto lo rodeaba y lo mantenía puro de todo contacto.
El desierto que cumplía esta gran función en torno a los oasis, y que por tanto conformaba el carácter de Arabia, era de naturaleza variada.
Al sur de los oasis se presentaba como un mar de arena sin caminos, que se extendía casi hasta la poblada escarpa de la costa del océano Índico, aislándola de la historia árabe y de toda influencia en la moral y la política de Arabia. Hadramaut, como llamaban a esta costa meridional, formaba parte de la historia de las Indias Neerlandesas; y su pensamiento influía en Java más que en Arabia.
Al oeste de los oasis, entre estos y las colinas del Hiyaz, se encontraba el desierto del Négued, un área de grava y lava, con muy poca arena.
Al este de dichos oasis, entre estos y Kuwait, se extendía una vasta extensión similar de grava, pero con algunos grandes tramos de arena blanda que dificultaban el camino.
Al norte de los oasis se extendía una franja de arena y, a continuación, una inmensa llanura de grava y lava que abarcaba todo lo comprendido entre el límite oriental de Siria y las orillas del Éufrates, donde comenzaba Mesopotamia. La viabilidad de este desierto septentrional para los hombres y los automóviles permitió que la revuelta árabe obtuviera su rápido éxito.
Las colinas del oeste y las llanuras del este eran las partes de Arabia siempre más pobladas y activas.