regañadientes, Cemal lo dejó marchar con la condición de que su séquito se quedara atrás como rehenes.
Feisal halló Medina llena de tropas turcas, con el Estado Mayor y el cuartel general del Duodécimo Cuerpo de Ejército al mando de Fakhri Pasha, el valiente y viejo carnicero que había «purificado» sangrientamente Zeitun y Urfa de armenios.
Claramente los turcos se habían tomado el aviso, y la esperanza de Feisal de un ataque por sorpresa, que lograra el éxito casi sin un disparo, se había vuelto imposible. Sin embargo, era demasiado tarde para la prudencia.
Cuatro días después, su séquito montó a caballo desde Damasco y cabalgó hacia el este, adentrándose en el desierto para refugiarse con Nuri Shaalan, el caudillo beduino; y el mismo día Feisal mostró sus cartas. Cuando izó la bandera árabe, el Estado supranacional panislámico, por el que Abdul Hamid había masacrado, trabajado y muerto, y la esperanza alemana de la cooperación del islam en los planes mundiales del Káiser, pasaron al reino de los sueños. Por el mero hecho de su rebelión, el jerife había cerrado estos dos fantásticos capítulos de la historia.
La rebelión era el paso más grave que el hombre político podía dar, y el éxito o el fracaso de la revuelta árabe constituía una apuesta demasiado arriesgada para la profecía. Sin embargo, por una vez, la fortuna favoreció al jugador audaz, y la epopeya árabe recorrió su turbulento camino, desde su nacimiento marcado por la debilidad, el dolor y la duda, hasta la roja victoria. Fue el justo fin de una aventura que tanto se había atrevido, pero tras la victoria llegó un lento tiempo de desilusión, y luego una noche en la que los combatientes descubrieron que todas sus esperanzas les habían fallado.