Pronto tuvimos, pues, dos pozos en buen estado y una ganancia neta de treinta libras de dinamita enemiga. Decidimos quedarnos una semana en este afortunado Bair. A nuestras necesidades de alimentos y de noticias sobre el estado de ánimo de las tribus entre Maan y Áqaba se sumó ahora un tercer objetivo: averiguar el estado de los pozos de Jefer. Enviamos a un hombre a Jefer. Preparamos una pequeña caravana de camellos de carga con la marca de los Howeitat y los enviamos al otro lado de la línea hacia Tafila con tres o cuatro miembros de clanes poco conocidos, personas de las que jamás se sospecharía que tenían relación con nosotros. Comprarían toda la harina que pudieran y nos la traerían de vuelta en cinco o seis días.
En cuanto a las tribus de los alredeores de la ruta de Áqaba, queríamos su ayuda activa contra los turcos para llevar a cabo el plan provisional que habíamos trazado en Wejh. Nuestra idea era avanzar de repente desde El Jefer, cruzar la línea férrea y coronar el gran puerto —el Nagb el Shtar— por el que el camino descendía desde la meseta de Maán hasta la roja llanura de Guweira.
Para retener este puerto tendríamos que capturar Aba el Lissan, el gran manantial en su cabecera, a unas dieciséis millas de Maán; pero la guarnición era pequeña y esperábamos dominarla de un golpe de mano. Estaríamos entonces a caballo sobre el camino, cuyos puestos al cabo de una semana caerían por hambre; aunque probablemente antes de eso las tribus de las colinas, al enterarse de nuestro exitoso comienzo, se nos unirían para aniquilarlos.
El quid de nuestro plan era el ataque a Aba el Lissan, no fuera a ser que la fuerza de Maán tuviera tiempo de salir en su auxilio, socorrerla y expulsarnos de las alturas de Shtar. Si, como ocurría en ese momento, no eran más que un batallón, difícilmente se atreverían a moverse; y si dejaban que cayera la plaza