Los llamaban por su nombre, desde a cien yardas de distancia, y los dejaban al cuidado del equipo cuando desmontaban. Los ageyl, al ser mercenarios, no rendían bien a menos que se les pagara bien, y por falta de esa condición habían caído en descrédito; sin embargo, la hazaña individual más valiente de la guerra árabe correspondió a aquel de entre ellos que nadó dos veces por el acueducto subterráneo hasta Medina y regresó con un informe completo de la ciudad investida.
Pagaba a mis hombres seis libras al mes, el salario militar estándar por un hombre y un camello, pero los montaba en mis propios animales, de modo que el dinero era ingreso neto: esto hizo que el servicio fuera envidiable y puso los espíritus ávidos del campamento a mi disposición. Por causa de mi horario, ya que estaba más ocupado que la mayoría, mis cabalgatas eran largas, duras y repentinas.
El árabe común, cuyo camello representaba la mitad de su riqueza, no podía permitirse el lujo de reventarlo viajando a mi velocidad: además, cabalgar así resultaba doloroso para el hombre.
Por consiguiente, hube de llevar conmigo jinetes selectos, montados en mis propias bestias. Compramos a alto precio los camellos más rápidos y fuertes que se pudieron conseguir. Los elegimos por su velocidad y potencia, sin importar lo duros y agotadores que pudieran resultar bajo la silla; de hecho, a menudo preferíamos los de paso duro por ser más resistentes.
Eran cambiados o descansaban en nuestro propio hospital de camellos cuando enflaquecían: y sus jinetes recibían el mismo trato. El Zaagi consideraba a cada hombre personalmente responsable de la condición de su montura y del buen estado de su guarnición.
Los muchachos estaban muy orgullosos de pertenecer a mi guardia personal, la cual desarrolló una profesionalidad casi extravagante.