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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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LXVI

todo iba bien, pero no me soltaron hasta que algunos maridos me rescataron. Estos quitaron a sus mujeres de encima y se aferraron a mis pies en una auténtica agonía de terror ante una muerte inminente. Un turco tan abatido era un espectáculo repugnante; me los quité de encima como pude con los pies descalzos y, finalmente, me liberé.

A continuación, un grupo de austriacos, oficiales y suboficiales, me suplicó en voz baja y en turco que les perdonara la vida. Les respondí con mi tambaleante alemán; tras lo cual uno de ellos, en inglés, me rogó que llamara a un médico para sus heridas. No teníamos ninguno: lo cual no importaba, pues estaba mortalmente herido y se iba a morir. Les dije que los turcos volverían en una hora y se encargarían de ellos.

Pero él ya había muerto antes de que eso ocurriera, al igual que la mayoría de los demás (instructores de los nuevos obuses de montaña Skoda suministrados a Turquía para la guerra del Hiyaz), porque se desató cierta disputa entre ellos y mi propia guardia personal, y uno de ellos disparó una pistola contra el joven Rahail. Mis enfurecidos hombres los acuchillaron, a todos menos a dos o tres, antes de que pudiera volver para interponerme.

Por lo que pudo verse en medio de la agitación, nuestro bando no había sufrido ninguna baja. Entre los noventa prisioneros militares había cinco soldados egipcios, en ropa interior. Me conocieron y me explicaron que en una incursión nocturna de Davenport, cerca de Wadi Ais, los turcos les habían cortado la retirada y los habían hecho prisioneros.

Me contaron algo sobre el trabajo de Davenport: de su incesante insistencia en el sector de Abdulla, que él mantuvo activo mes tras mes, sin ninguno de los alientos que a nosotros nos prestaban el éxito y el entusiasmo local. Sus mejores ayudantes eran infantes tan inmutables como estos, a quienes hice que se llevaran a los prisioneros hacia nuestro punto de reunión designado en las rocas de sal.

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